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Jueves 15 de Julio de 2010 | Actualizado:  12:59 am
 
 





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Actualizado en: Sábado, 8 de Agosto
Por:Eña Ossa Eslait
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“A Quitarse la Camiseta por el Equipo”
Eña Ossa Eslait nos habla esta semana en su columna acerca de la violencia que ocurre actualmente en Colombia alrededor del fútbol y su postura frente a un tema que se ha polemizado aún más con la medida de la Dimayor de prohibir ingresar a los estadios con elementos alusivos a los equipos visitantes de la Primera División.
Mi papá es un tipo intimidante. Es de contextura grande y gruesa; debe pesar aproximadamente 130 kilos, y estoy segura de que a su altura de 1 metro con 89 centímetros, el clima es distinto al del mundo más cercano al nivel del mar donde vivo yo. No es un hombre violento, pero ante una situación tensa es tremendo aliado. Tendría yo 12 años cuando nos llevó a mis hermanos y a mí a ver a Italia contra España en el mundial del ’94. En una silla de la fila de atrás había un oriental que medía la mitad y que debía pesar ¾ de lo que pesa el brazo izquierdo de mi papá en reposo. Por cualquier razón estúpida que no recuerdo, el Sr. Asiático comenzó a discutir con mi padre, y en medio de las difamaciones en tres lenguas que estaban usando para ofenderse, el Chino (en un acto de osadía o de INMESURABLE estupidez) sacó la mano y le pegó a la viga de descendencia Alemana que es mi papá.

Fueron céntimas de segundo las que transcurrieron entre la emoción de nosotros por (finalmente) ver a mi papá en acción, el estado de pre-pánico de mi mamá y la ira que se apoderó y desvaneció instantáneamente de los ojos azules de mi padre. Tomó a mi hermano menor por la mano y en un tono seco y sobrio le dijo a mi mamá: “Ingrid, nos vamos ya”. Y antes de que mi otro hermano y yo pudiéramos elevar nuestra voces en protesta, mi mamá nos llevaba arrastrados a cada uno por el brazo hacia al carro y vía a la casa faltando un tiempo entero para que se acabara el partido. Así que además de no ver pelea, no terminamos de ver fútbol. Fue una tarde trágica para el deporte familiar.

Días después, cuando le pregunté que porque no había devuelto el golpe me contesto: “Nena, porque si yo toco a ese Chino lo mato. Y estos gringos me meten a la cárcel y de ahí no me saca nadie.” Por eso hoy doy gracias que el mundial haya sido en Estados Unidos y no en Colombia, pues en términos simples y sencillos: allá hay ley.

La cuestión, entonces, no es si el ser humano (sea Chino, Gringo o Colombiano) es o no violento, sino si siente la libertad de poder serlo. Si ante la necesidad o el deseo de actuar ofensivamente existe la implicación de una consecuencia severa que lo lleve a (por lo menos) intentar controlar su impulso. Y la respuesta es fácil, en Colombia no. Aquí pregonamos ser la segunda nación más feliz del planeta mientras nos acabamos unos a otros en el escenario de la pasión más significativa del país. Y ojo, que en algo superamos a la violencia que se vive en Argentina y que se vivió en Inglaterra. Aquí no solo nos matamos entre barras de equipos. No, no, no… Aquí las peleas son entre hinchas del mismo equipo, de diferentes equipos, contra las autoridades, contra el que canta, contra el que vende, camina o respira. Hasta el día del 5-0 hubo una cuota de casi cien muertos.  

Entonces la Dimayor se pronuncia después de la última racha de incidentes violentos y decreta que de ahora en adelante, los hinchas de los equipos visitantes no podrán entrar con camisas o insignias de su equipo a los estadios. Y, además, que los clubes no podrán vender boletas masivamente a las barras. Ay, Dios Bendito… No había terminado el Dr. Jesurún de leer la resolución cuando se escucharon los cantos del coro armonioso de hinchas, presidentes y críticos entonar un fuerte y sentido: “COMO ASÍ?!?!?” Pues, así. Y tras imponer un mandato que coquetea con los límites de la opresión de la libre expresión, se ha desatado (FINALMENTE) una gran polémica nacional en torno al tema de la violencia en el fútbol.

“Ridículo”, grita uno. “Absurdo”, proclama el otro. Y pienso yo, “ridículos” y “absurdos” son los que salen a protestar cuando se les meten con el bolsillo, pero permanecen callados cuando en las puertas de sus estadios matan a los choferes de los buses a golpes. Hablemos claro y definamos conceptos. Un tipo entra a una tienda en Bogotá un día cualquiera (osea, no un día de partido) a tomarse una cerveza con un amigo. No lavó la ropa sucia el día anterior y lo único que encontró para ponerse fue una camiseta del “Junior, tu papá”, su equipo del alma. Un par de integrantes de alguna barra brava que pasaban por ahí decidieron acabar con la vida del tipo, básicamente porque no lavó la ropa el día anterior. Usted (señor lector) calificaría este “incidente” como (a) Absurdo (b) Ridículo (c) Exagerado (d) Todas las anteriores… De acuerdo, es TODAS LAS ANTERIORES. Así que no podemos tildar de lo mismo a una medida que pretende prevenir esto.

Difiero de los calificativos de la mayoría de los presidentes de los clubes que creo obran más incitados por las represalias económicas de la medida, que por dar solución al problema. “Obtuso y absurdo”, como dice el Sr. Juan Carlos López (Presidente de Millonarios), es que a uno de esos sicarios que se disfrazan de hinchas los cojan, los detengan y a los dos minutos los suelten por “tecnicalidades”. Y peor aún, que al Domingo siguiente se les vuelva a ver en el estadio cantando, como si no hubieran dejado una legión de vidas destruidas con el asesinato de hace ocho días.       

En cuanto a la medida misma, ni la creo ilógica, ni la creo absurda. Ilógico es ir a un partido con la posibilidad latente de no volver. Absurdo es que la implementan demasiadas muertes después. Esta medida no hace más que imponer lo que los más cautelosos practicamos hace rato: un poco de sentido común. Hace por lo menos 10 años no me pongo una camiseta para ir al estadio, y no solo porque se me vea mal. Sino que la mezcla de factores comunes en los estadios de Colombia (hinchadas violentas, falta de seguridad, falta de educación y falta de legislación), no dan para que uno “dé Papaya”.

Que si pienso que es la solución? No. No lo pienso. Por lo menos, no del todo. Permitirle o negarle a una persona el uso de una camiseta es una medida externa que, ni apacigua, ni disminuye la violencia que estos canallas llevan por dentro. Pero si creo que funcionará para prevenir al menos ciertos incidentes, y evitar una que otra muerte, y solo en eso logra un gran propósito. Esta medida que está adoptando la Dimayor es como ponerle una cura a una herida que necesita puntos. No soluciona. Pero ayuda a aguantar durante el trayecto al hospital.

Ahora, si bien pienso que esta no es una medida de fondo, tampoco creo que pretenda serlo. Esto es una medida de choque y de “shock”, que es lo que más ha causado. La resolución de la Dimayor es drástica, es severa, es polémica y ha causado una parafernalia fabulosa. Y ahí creo que reside el verdadero valor de esta, no tanto en su efectividad.  Porque, pueda que me equivoque, pero en el fondo pienso que el objetivo del Jefe Pluma Blanca del FPC es dar el GRAN ejemplo de ser severos y drásticos para así convidar a quienes realmente tienen la solución en sus manos, a que lo sean también. Y lo está logrando. O, ¿no escucharon ustedes al Vice-Presidente de nuestra nación pronunciarse frente a los hechos? Y ¿no oyeron a los comandantes de nuestra policía también?

Estoy absolutamente de acuerdo con la medida adoptada por la Dimayor porque nos acerca a la posibilidad de una solución real. Pues si bien es cierto que necesitamos una gran campaña de educación que exalte los valores de  cultura, civismo y tolerancia, también está claro que este problema debe responder y corresponder a la Ley. Tanto a quienes la hacen (Legisladores), como a quienes la ejercen (Autoridades). El estado tiene que involucrarse porque el fútbol es una pasión que convoca masas y mayorías, y es responsabilidad de ellos proporcionar un espacio seguro para su práctica. Hay mucho por hacer. Hay que inundar los estadios de cámaras, de lasers, de detectores de metales y de cuanto invento exista para mejorar la seguridad. Hay que capacitar a la fuerza pública y no mandar bachilleres a que lidien con estos especímenes humanos. Hay que hacer mil cosas distintas, pero ante todo, hay que establecer leyes y castigos severos, como lo hicieron para que aprendiéramos a utilizar el cinturón de seguridad o dejáramos de manejar embriagados. Y esas leyes y la implementación constante de ellas, tiene que lograr que en el mismo instante que un “$%^&*#” decida acabar con la vida de otro, sepa sin duda que la de él también se va a acabar pudriéndose en una cárcel.     

Este es un país violento que ha encontrado en el fútbol una dosis (así sea pequeña) de grandeza, de alegría y de orgullo patrio. Oír al Tino hablando italiano en su acento Valluno reforzado, o ver al Pibe en la cubierta de un juego de Nintendo me dio mil motivos para sonreír. Nuestro delantero de Tulua y nuestro adorado 10 de “Pescaito” son el ejemplo más concreto de lo que es “El Sueño Colombiano”; la superación social a través del deporte. No podemos manchar esto con violencia. A fin de cuentas, nada se logra. A golpes no me van a sacar a mí lo que con amor me infundieron: la adoración por mi equipo, y el respeto por otros.

No fue ilógica, no fue absurda, ni obtusa, o exagerada. “Tristeza”, fue la palabra que se me vino a la cabeza a mí. De saber que han pasado los tiempos dorados cuando no había que pensar en que ponerse para ir al estadio. Lo digo como mujer y como hincha. Porque, más allá de la pereza que me da pensar en escoger pinta, admito que la camiseta de un equipo es un símbolo de hermandad. Pocos sentimientos se asemejan a la euforia que siento al entrar al Pascual y verlo vestido de verde. Saber que en ese espacio San Fernandino, existimos 41,595 familiares con el deseo único y compartido de ver ganar los colores de esa misma camiseta es algo inexplicable. O reconocer en ciudades ajenas, entre miles de un color distinto, aquel que lleva el mismo de uno, y por hacerlo, se vuelve un amigo instantáneo. A quien buscamos con los ojos entre las jugadas brillantes, con quien celebramos callados la derrota del local, y a quien entendemos sin falta, por saber que sienten por esa camiseta, exactamente lo mismo que siento yo; pasión.    

Aunque confieso que me encantaría que en toda la extensión del territorio nacional se admitiera la supremacía del Deportivo Cali, admito que sería un poco aburrido. Sin la existencia del América yo solo podría disfrutar de una de las dos grandes felicidades que me da el fútbol (y que se juntan en un clásico): ver ganar al Cali y perder al América. Y, a nivel personal, sin el América, no hubiera comprobado nunca que entre un hombre y una mujer puede haber simplemente una amistad, pues mi mejor amigo es Americano (y por ende nunca será nada más). Así que en nombre de las rivalidades sanas y de las grandes lecciones de vida, hay que luchar por encontrarle una solución a este problema. Y hasta entonces, que este Domingo al Pascual solo entre el que se vista de VERDE!

E.

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Perfil Blog
Eña Ossa Eslait
Nació en Barranquilla, creció en Bogotá, pero su familia, su padre y su alma pertenecen, sin duda, a la ciudad y al equipo verde de Cali. Dice que el mejor regalo que recibió en su vida fue el nacimiento de sus dos hermanos, porque se sintió acompañada al completar con ellos un trió enfermizo de hinchas verdiblancos. Eña, como la llaman desde niña, creció en la época dorada del fútbol nacional y desarrolló un fanatismo no solo por su equipo y su selección, sino por el deporte en general. Se graduó en el 2004 de Cine y Literatura de la Universidad de Miami, y en el 2005 regresó al país para comenzar a desarrollar actividades referentes a su carrera. Es de pasiones variadas e intensas, y cada una de estas se refleja claramente en todo lo que escribe. Por eso, aprovecha con gusto la oportunidad que tiene de hacerlo sobre una de las cosas que más ama; el fútbol. Eña se une al equipo de bloggers y periodistas de www.golgolgol.net, donde será la encargada de darle al portal y sus lectores otra visión del acontecer futbolístico mundial e internacional.
 

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